Soy un ghosteador
Nunca he sido fan de adoptar estas etiquetas gringas que le ponen a todo, pero esta vez creo que es inevitable.
Otra vez paso por aquí. Ya no voy a excusarme por la larga ausencia. Si han venido leyendo las entregas de este boletín, es posible que sepan de sobra las razones.
-¡Excusas y más excusas!
-Es mejor ir de una vez al grano.
-A ver con qué piensas entretenerme un rato…
-Déjame intentar.
Algo que soy, pero de toda la vida y no porque Me estoy volviendo viejo, es desordenado. Sí, sí, tengo mi propio orden, aunque en realidad es tratar recordar dónde dejé las cosas… por eso es clave que todo se quede donde lo dejé.
Sin embargo, y como pasa con quienes somos desordenados (quiero creer), ese desorden se extiende a otros (quizás no a todos) aspectos de nuestras vidas: la comida, el trabajo, etc. Sobre lo primero, seguramente les contaré lo que estoy atravesando desde hace un tiempo; y, sobre lo segundo, he logrado que no interfiera en mis actuales responsabilidades. Peeeero…
Pero, cuando me hago de algún tiempo para seguir reporteando, ese desorden sí me afecta. Sobre todo, porque no soy cuidadoso y no llevo una agenda. Ni física ni electrónica. No llevo. Intenté, pero no fui nunca constante. No se me da. Confío en mi memoria que -por como entenderás por el título de este newsletter- cada vez es peor. Pero no esa no era una novedad. ¿Y dónde se manifiesta este problema? En la asistencia a eventos a los que me invitan.
Este fue el mensaje que una buena amiga que, desde su experiencia como especialista en relaciones públicas, me lanzó cómo me veían entre sus colegas. Yo desconocía ese dato y no voy a negar que no me impactó. Me impactó que me lo dijera alguien más, porque yo soy consciente del problema. Muchas veces no voy por temas de trabajo, pero otras tantas porque me olvido. Aunque se lo he dicho, aprovecho para repetirlo aquí: muchas gracias por haber sido tan sincera.
Desde entonces, he tratado de mejorar en ese aspecto (sobre todo practicando el “no puedo ir” con más frecuencia). Peeero…
-¿Otro pero?
-Déjame terminar…
…pero, me he dado cuenta de que he empezado a manifestar un comportamiento que hoy se conoce como ghosting. Pero no, no es como se lo imaginan.
Aunque en mis adentros me resisto a volverme viejo, cada vez que me miro al espejo comprendo que es un proceso inevitable. Y, cada día, voy descubriendo acciones, reacciones y actitudes que me lo reconfirman.
Soy un ghosteador en WhatsApp.
Y no, no es porque no me guste contestarle a la gente. Sino por una razón más trágica (para mí, perdonen que sea exagerado).
No sé si les ha pasado que reciben el mensaje de alguien y piensan en la respuesta que le van a enviar. Incluso, a veces llegan mensajes que te empujan a detenerte a pensar un poco más para ensayar una respuesta buena, convincente o que dé por finalizado el diálogo. Y ahí es donde entra la marea incansable de la rutina diaria.
A veces, mensajes que quiero contestar me sorprenden haciendo otra cosa y, como buen hombre-varón-machirulo-privilegiado, solo soy capaz de hacer una cosa por vez. Pienso en qué debo responder, mentalmente pongo esa respuesta en ‘hold’, y sigo con mis cosas, esperando alguna pausa próxima para disparar el mensaje. “Acabo con esto y respondo”, me digo.
- “Iluso”
El tema es que llegan las 11:30 de la noche, abro el celular para revisar mensajes. Encuentro ese que generó mi inquietud y, con una sorpresa muy real, descubro que nunca lo respondí. Mi mensaje de respuesta, muy sesudo, muy elaborado, muy gracioso, muy picante y muy directo nunca salió de mi cabeza. Por un momento, mi cabecita, tras hacer esa compleja (o no) elaboración, se imaginó que automáticamente el mensaje se había tipeado y que había presionado el ícono de enviar. Pero no, nada de eso sucedió. No hubo respuesta. No hubo mensaje. Para quien me escribió soy un ghosteador.
No me ha pasado una, ni dos, sino muchas veces. No sé si se debe a las cosas del día a día con la que uno empieza a abrumarse, si será la falta de atención, si será el desorden eterno en el que vivo, o simplemente será una de esas manifestaciones diarias que me recuerdan que Me estoy volviendo viejo. Lo que sí sé es que me pasa. Que es real. Y que he empezado a disculparme (con quienes vale la pena hacerlo) cuando detecto que mi ghosteanidad se ha manifestado de cuerpo presente.
Así como con mi desorden, también estoy tratando todos los días de aliviar este otro tema. Pero más allá de la anécdota, me sigue preocupando mi salud mental… aunque específicamente lo relacionado a las enfermedades mentales neurodegenerativas. Sobre todo, la llegada del alemán. Pero de eso creo que escribiré otro día.





Me pasa similar, con la diferencia que a veces no llego a ver ese mensaje sin responder. Cuándo al fin abro el celular para revisar mensajes, una avalancha de nuevos mensajes llevaron hasta el inframundo ese mensaje que pensé en contestar y nunca mas lo veo hasta que esa persona me vuelve a escribir, o yo le quiero escribir...